Llegó de Estados Unidos hace más de 3 décadas y decidió ser misionera en uno de los lugares más peligrosos del Perú. La Hermana Ana Marzolo estuvo incluso a punto de morir 2 veces en sonados motines a inicios de los años 80, pero eso no le impidió seguir con su labor de rescatar lo bueno en medio de las penurias, delitos, sentencias y desgarradoras historias del penal de Lurigancho.
Junto a decenas de otras misioneras y ex internos rehabilitados voluntarios del programa ANDA, logran ayudar y encaminar a los presos del penal. El padre Nicolai de origen alemán, también ayuda a la Hermana Ana con su propósito de ayudar en la rehabilitación de los 6 mil presos que purgan condena.
Si alguno de los internos siente el llamado de la rehabilitación, sólo tiene que acudir a la capellanía y pasar por un periodo de prueba que dura 2 semanas. Luego, podrá formar parte de la comunidad y participar de los talleres de sanación y un tratamiento de psicoanálisis con religiosidad, así como integrar talleres de manualidades y música que les permiten desarrollar algún talento que les sirva de sustento.
Ana es querida y respetada aún fuera de la capellanía, y puede ingresar prácticamente a cualquier rincón del penal incluso a los mismos pabellones. Muchos internos también le hacen regalos en muestra de eterno agradecimiento.
(NB)